Cuando Abrahán y tres apóstoles dormían
Raúl Duarte Castillo-Jacona

El sueño es una de las actividades más importantes y fundamentales del ser humano. Sin ésta, el trabajo sería imposible. Puesto que el hombre fue creado para ganarse su sustento, es decir, para trabajar, por esto mismo fue creado para descansar, para dormir.

El sueño rejuvenece, repara las fuerzas, renueve el ánimo, cura la amargura y desaparece las preocupaciones. No en balde la psiquiatría y la psicología recurren a ese descanso para encontrar los orígenes de lo que está perturbando al enfermo.

Pero también el sueño es un símbolo de la flojera. El mucho dormir no descansa al espíritu sino lo atrofia. La pereza se anida casi siempre en el sueño. De alguna forma el sueño es lo contrario de la actividad. El sueño se asemeja a la muerte. De aquí que sea el verbo más empleado en la vida para significar que un hombre ha dejado de vivir. Jesús les dijo a sus discípulos que su amigo Lázaro dormía. De aquí que el Dios de Israel sea identificado como el que está en vigilia permanente. “No duerme ni dormita el guardián de Israel”. Elías aconseja a los adoradores de Baal que le griten para que despierte, ya que no actúa.

Los discípulos varias veces no captaron a su maestro. En esos momentos recurrían al sueño. Se dormían plácidamente. En Getsemaní, en un momento decisivo en la vida de Jesús, éste “los encontró dormidos de tristeza”. Les enfrentó: “¿Por qué están dormidos?”. Una pregunta que más de una vez nos deberíamos hacer. ¿Por qué dormimos cuando hay tanto trabajo por hacer? Pensemos en nuestra Iglesia. Está demasiado dormida. No se trata de echar culpas, sino de darse cuenta de que debemos despertar cuanto antes de este sueño pecaminoso. No se hace nada. La evangelización está por los suelos. La caridad es exigua. La esperanza nula. Jesús es un perfecto desconocido. Si el Señor volviera a preguntarnos quién es él para cada uno de nosotros, andaríamos con respuestas fútiles, como pues el que nos da, el que nos escucha, al que le rezo… no saldríamos de allí. Al no leer o escuchar su evangelio y, lo más grave, al no ponerlo en práctica, mostramos que preferimos seguir durmiendo en nuestra ignorancia.

Las dos lecturas de este domingo van del sueño de Abrahán al sueño de los discípulos en el monte santo. Jesús escogió a su tres mejores hombres, dentro de los Doce, ya seleccionados como mejores, y no estuvieron a la altura: se pusieron a dormir. Abrahán había caído en un profundo sueño, porque tenía miedo. Sólo el fuego y el humo del horno lo despertaron. Dios se le manifestó como el que le ofrecía su amistad. El sueño de Abrahán es una imagen de la oscuridad, de lo peligroso, de lo inseguro, del Dios lejano en su vida. La fe de Abrahán le permite que la luz alumbre su tiniebla y así pueda andar con Dios.

El sueño de los tres invitados al monte cesó por el resplandor de la luz del glorificado. Sólo esta luz, el Señor resucitado, hizo que los discípulos se despertaran y se pusieran a escuchar al Señor. Escuchamos demasiadas voces. Tantas, que ya ni llegamos a distinguir quién es el que habla. Vamos eso sí tras estas voces, porque de alguna manera son eco de nuestros deseos, de nuestros traumas y ambiciones. Por esto el Padre exige que sólo oigamos la voz de Jesús. Es una voz extraña, para muchos demasiado dura, pero es la única que conduce a la felicidad. Valdría la pena que dejáramos que esa voz se hiciera programa, acción. Que no se vaya a convertir en ideal. Las Bienaventuranzas y las invitaciones de Jesús a dejar todo y seguirlo, no son ideales, pues son voces para esta vida. El ideal es propio de los que están dormidos, de los que no quieren despertar a la vida. Jesús despertaba a sus discípulos para que entendieran que lo propuesto por él requería camino práctico para llevarse a cabo, surco preparado para ser sembrado y cosechado.

Nuestra iglesia duerme. Ya es tiempo de que se vaya despertando.

 

 

 

 

 

 

 
 
 
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