“Al obispo se le removió por
su ineptitud y frivolidad, por no saber conducir
la diócesis y por dar paso a la anarquía.
Jamás asumió su responsabilidad.
¡Ese fue su pecado capital!”,
declaró el Pbro. Alfonso Verduzco Pardo
al semanario Proceso, que en su edición
del pasado 31 de diciembre dedica un espacio
a desinformar y mentir, como ya es su costumbre,
sobre la renuncia del señor obispo
Carlos Suárez Cázares.
Verduzco Pardo agrega que “aquí
ya había mucha inconformidad contra
él”. ¿Realmente esas son
las palabras del rector de la Santa Cruz,
ex párroco del Espíritu Santo
de esta ciudad y del Sagrado Corazón
de Jiquilpan o la citada revista las sacó
de contexto y las acomodó a su antojo?
Creemos poco probable que Proceso haya manipulado
las declaraciones del referido sacerdote,
no porque no lo suela hacer sino porque es
conocido que desde que don Carlos nombró
párroco de Jiquilpan al P. Verduzco
quedó resentido contra él. Allá
en Jiquilpan escribió una “novelita”
en la que manifestaba su animadversión
hacia su superior
En la acusación que hace en las páginas
de Proceso no da un mínimo elemento
probatorio, porque seguramente no lo tiene.
Al señor obispo no se le removió
“por su ineptitud y frivolidad”,
como afirma “el sacerdote Alfonso Verduzco”,
sino que el Papa Benedicto XVI le pidió
la renuncia por razones que no han sido explicadas
pero que los fieles católicos presumimos
se trató de chismes de palacio, política
negra (por lo turbia), en los que está
inmiscuido un importante funcionario del Vaticano,
ligado a los sacerdotes más conservadores
de la diócesis de Zamora. Don Carlos
demostró calidez hacia su feligresía,
entusiasmo por su diócesis y capacidad
tanto organizativa como para redactar documentos
pastorales, cartas, mensajes…
En la iglesia zamorana no hay anarquía,
como lo afirma el declarante y desde que tomó
posesión Mons. Suárez asumió
la responsabilidad que le competía.
Tanto, que tomó decisiones que molestaron
a varios presbíteros enquistados, tanto
en el seminario como en parroquias urbanas
de la cabecera diocesana, relacionados con
clases pudientes de la sociedad. Sacerdotes
de banqueta, que sólo se dignan ensuciarse
los zapatos para acudir de fiesta a un elegante
rancho o huerta, pero no para acercarse a
la gente humilde para brindarle atención
o servicios espirituales.
Mons. Carlos Suárez Cázares
realizó numerosas visitas pastorales
por el territorio a él conferido; en
cada parroquia convivió con los fieles,
con los grupos parroquiales, con las religiosas,
con los sacerdotes y, días después
de realizada la visita, enviaba a los párrocos
respectivos comentarios sobre su labor pastoral
de ellos. ¿Eso entrará también
en lo que el P. Verduzco dice que don Carlos
“jamás asumió su responsabilidad”?
El obispo ha demostrado su estatura moral
al no defenderse de los ataques y críticas
infundados de sus detractores porque, sin
duda, no ha querido dañar a la diócesis
con disputas que sólo contribuirían
a dividir al pueblo de Dios y abonarían
el terreno para que los enemigos de la Iglesia
cosecharan abundantes frutos. En cambio, el
grupúsculo del que forma parte el referido
sacerdote escupe al cielo.
A cuanta fiesta patronal lo invitaban, Mons.
Suárez acudía con gusto, fuera
pueblo, rancho o ciudad. Convivía con
sus ovejas, como buen pastor. Pero, por supuesto,
que en el rebaño también hay
lobos disfrazados.